Carlos J. Finlay benefactor de la humanidad.

Foto: OHCC
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Por: María de Lourdes Méndez León, Rosilda Viera Rodríguez

Nuestra ciudad tiene el honor de haber visto nacer un 3 de diciembre de 1833 al eminente médico  e investigador Carlos J. Finlay. Su madre de origen francés y su padre destacado oftalmólogo escocés  contribuyeron de manera notable a la formación de su personalidad y desarrollo profesional.

Aprendió sus primeras letras en el seno familiar. A los 11 años lo envían a continuar sus estudios en Europa pasando por varios colegios en dos etapas, interrumpidas por serios problemas de salud. Logra culminar los estudios de medicina en el Colegio Médico de Filadelfia en los Estados Unidos en el año 1855. A pesar de estas dificultades, su personalidad se destaca por su inteligencia, perseverancia, modestia, sencillez, acucioso, todo lo cual permitió lograr los objetivos que se propuso a lo largo de su vida.

Posteriormente en el año 1957 logra rivalidar su título en la Universidad de La Habana comenzando así su vida profesional.

El amplio abanico de sus intereses investigativos incluyó temas como el bocio oftálmico su primer artículo publicado,  cólera, el muermo, la importancia para la salud del ejercicio físico, la necesidad de la sanidad ambiental y vinculado a este la razón fundamental de ser reconocido en la historia como el descubridor del agente trasmisor de la fiebre amarilla, epidemia que causaba miles de muertos en las Américas  frecuentemente. La investigación a lo largo de más de 10 años culminó con la presentación de su teoría en 1881 en la Conferencia Sanitaria de Washington y posteriormente en el mes de Agosto en la Real Academia de Ciencias Médicas, Físicas y Naturales de La Habana.

Su deceso ocurrido el 20 de agosto de 1915 en la ciudad de La Habana deja una profunda huella en nuestro pueblo, sus restos descansan en el Cementerio de Colón en esta misma ciudad.

Su inmenso valor como ser humano y profesional fue reconocido con numerosas  distinciones en  Cuba y otras naciones.  Su ejemplo, fuente de enorme y hermosa responsabilidad para las nuevas generaciones de médicos e investigadores les muestra un camino que su vocación les señaló con la vida y obra de este benefactor de la humanidad.

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