Gilda Zaldívar: danzar entre mariposas

Foto: Cortesía de la autora
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Por: Gretel Díaz Montalvo

Según recordaría muchos años después su vecina Flora Basulto Montoya, “cuando aún no había visto un ballet, ella ya bailaba sola con arte inigualable en su jardín de exóticas plantas, bailaba para sí y para las mariposas que libaban el néctar de sus flores y para los pajarillos que se posaban en las ramas y revoloteaban sobre su cabecita […] así vi a Gilda Zaldívar muchas veces en horas matinales, cuando era pequeñita, como una linda mariposita de nácar y oro, como un precioso pajarito que formaba arabescos con los pies y extendía los brazos para volar[1]”.

No hay descripción que retrate mejor a la hija menor del matrimonio formado por Oscar Zaldívar Peyrellade y Olivia Freyre Cisneros. Pareciera que la pequeña Gilda había nacido predestinada para la danza y hasta el último día de su corta existencia –murió en 1951, a punto de cumplir 34 años— sería fiel a ese signo.

Mucho se ha escrito sobre la impronta de su labor pedagógica en Camagüey, pero significativamente menos, acerca de cómo llegó al mundo de la danza y se mantuvo pendiente de las últimas tendencias en tan exigente manifestación artística.

Rumba para los reyes

Remontémonos a la Cuba de 1933, poco después de la revolución inconclusa que ha acabado con la sangrienta tiranía de Machado.

Olivia Zaldívar, la hermana mayor de Gilda, es designada embajadora itinerante de Cuba ante los países del norte de Europa. Llega al cargo por su condición de viuda de Julio Antonio Mella, pero también por méritos propios. A contracorriente con el espíritu de la época, que confinaba a las mujeres a las labores domésticas, o a formarse como secretarias o maestras, la camagüeyana decidió estudiar Derecho y especializarse en legislación diplomática.

A Europa parte acompañada por su hija, Natalia, y por una Gilda de 16 años que cambiará para siempre durante ese viaje. Pocas experiencias personales han tenido un impacto tan significativo en la evolución posterior de una sociedad. La tradición en el ballet clásico, de la que con justeza puede enorgullecerse Camagüey, bien pudiera argumentarse que comienza, precisamente, en aquellos meses de invierno en Oslo, la capital de Noruega, a donde las Zaldívar llegaron por exigencias de la función diplomática de Olivia.

Allí Gilda madura esos conocimientos, al punto de que baila ante la familia real, en una gala organizada en su honor por la maestra Love Krohn. Su coreografía, una versión estilizada de la rumba creada por ella misma, arrancó aplausos entusiastas de los presentes, como ha recordado el historiador del Ballet de Camagüey, Manuel del Pino.

Pero la Krohn no era una profesora cualquiera. En su juventud había estudiado, nada más y nada menos, que con Anna Pavlova, en clases impartidas por el magistral Enrico Cecetti. Gilda aprende de una consagrada, en una academia a la que acuden hijas de algunas de las familias más influyentes de Escandinavia. Entre todas, Krohn la distingue y motiva a seguir tan exigente carrera. La motiva a bailar, pero también a enseñar y a transmitir a otros los secretos de ese arte.

Maestra y alumna hasta el final

Durante los siguientes 15 años Gilda vivirá dos existencias paralelas. Una, la de profesora de cientos de niñas camagüeyanas que en su academia se acercarán por primera vez al mundo del ballet clásico; la otra, como alumna siempre atenta de profesores como Dania D´Esko y Jean Jazvinsky, a cuyas academias en La Habana y Nueva York asiste con reverencia. Más tarde hará costumbre pasar los tres meses del verano en Estados Unidos asistiendo a las clases del ruso Michel Fokine, uno de los referentes en la historia de la danza.

“Viajaba sistemáticamente para perfeccionar su técnica”, ha escrito la bailarina y profesora Elizabeth Gómez. Lo hacía para superarse en lo personal, pero también para que esos conocimientos llegaran a sus alumnas en la academia que había fundado en 1936, y que dirigiría hasta poco antes de morir. “Fue la primera academia de ballet cubana autóctona, porque la de Pro Arte Musical de La Habana era una escuela de profesores extranjeros, acreditados en Cuba”, apunta Gómez.

La vida no le alcanzó a Gilda Zaldívar para ver a Vicentina de la Torre, una de sus alumnas, continuar ese legado; ni asistir a una gala de la compañía de ballet que siempre soñó para su ciudad natal. Vivió como aquellas mariposas junto a las cuales danzaba siendo niña, apenas un suspiro.

[1] Tomado del artículo: Gilda Zaldívar: una vida dedicada al ballet, de Elizabeth Gómez Portelles en El Camagüey

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