Hay calles que solo sirven para llegar de un punto a otro y muchas que cuentan historias. En La Ciudad de los Tinajones, una de esas vías con memoria es la que lleva el nombre de Padre Valencia. Recorrerla es caminar sobre las huellas de un hombre que nunca fue santo para la Iglesia, pero que para el pueblo fue mucho más que eso.
La calle Padre Valencia, que nace al costado de la plaza de los Trabajadores y con ondulaciones llega hasta la carretera Central, no es especialmente ancha. Sin embargo, sus aceras guardan el eco de pasos de un fraile franciscano que, durante décadas, recorrió puerta por puerta con una mano extendida y una misión sagrada: recolectar monedas para los más desposeídos.
Ese fraile se llamaba José de la Cruz Espí, pero todos le decían el Padre Valencia, porque había nacido en la tierra de la paella y las fallas. Llegó a la antigua Villa de Santa María del Puerto del Príncipe (hoy Camagüey) a principios del siglo XIX y, hasta su muerte en 1838, no hizo otra cosa que construir esperanza con ladrillos de caridad.
Un puente, un convento y un ladrillo como almohada
El fraile de los pobres nunca se detuvo en el leprosorio de San Lázaro. Con el mismo ahínco, empujó la construcción del Convento de las Monjas Ursulinas, del Templo del Carmen y del Hospital de Mujeres.
Además, fue el artífice del puente de la Jata, una obra vital que aún hoy conecta sobre el río Tínima a la Plaza de la Habana con la Carretera Central, facilitando el paso de personas y mercancías entre dos puntos neurálgicos de la ciudad.
Todo esto lo hizo durmiendo apenas cuatro horas sobre una cama de tablas y usando un ladrillo como almohada. En la capilla de San Lázaro, el padre Paquito —actual sacerdote del lugar y fiel continuador de su legado— muestra con orgullo aquel ladrillo, donde aún se distingue la huella de la cabeza del fraile. “Así vivió”, dice Paquito con los ojos brillantes. “Nunca pidió nada para él”.
El pueblo camagüeyano lo quería tanto que, cuando sus superiores franciscanos intentaron reclamarlo de vuelta a La Habana entre 1815 y 1819, el Ayuntamiento de la villa se negó a dejarlo ir y sus feligreses se reunieron frente al lugar para apoyar la decisión.
El leprosorio de San Lázaro: un milagro de piedra y fe
En aquella época, la lepra era una sentencia de muerte social. Los enfermos eran apartados, marginados, obligados a vivir en chozas sin atención médica ni consuelo espiritual.
El Padre Valencia no podía tolerarlo. Gracias a su incansable labor de recolectar limosnas —recogiendo desde un centavo hasta una moneda de oro— logró levantar el Hospital de San Lázaro, un centro para atender a los leprosos que se convirtió en el primer eslabón de lo que hoy conocemos como sistema de salud camagüeyano.
Allí, los enfermos no solo recibían cuidados básicos, sino también un trato digno, algo revolucionario para el Camagüey de 1815.
La capilla anexa al leprosorio fue un punto de encuentro para los que ya no podían acercarse a la ciudad. Con una mampara de madera que separaba a los fieles enfermos del altar, los leprosos acudían a pedir el milagro de su curación al santo patrón. Y el Padre Valencia, desde el otro lado, les ofrecía misa, consuelo y la certeza de que Dios no los había abandonado.
Hoy, aquella capilla sigue en pie, y quienes la visitaron tras de la partida física del Frailer, aseguran que a veces se veía un “aura blanca” sobre sus techos. La leyenda dice que era el espíritu del Padre Valencia, quien regresaba siempre que lo imploraban, para velar por sus enfermos.


