El primer desfile de Rosita

Foto: Jose A. Cortiñas Friman
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La noche del 30 de abril, en el reparto La Vigía, al norte de la ciudad, Rosita no puede dormir. Tiene ocho años, el cabello recogido con dos moños rojos y, sobre la silla, un uniforme escolar planchado. Mañana no es día de clases, pero ella lo va a vestir igual: la pañoleta azul de la pionera, la falda roja y unas zapatillas blancas que su abuelo le regaló “por si la plaza le parece muy lejos”.

¿Tú crees que veré a papá entre tantos trabajadores? —pregunta por quinta vez, con los ojos todavía abiertos en la penumbra. Su madre, quien también madrugará, le responde desde su mesa de trabajo: “claro, tu papá va con los médicos, pero nos vamos juntos”.

La niña sonríe. Mañana es 1º de Mayo, y en Camagüey, La Ciudad de los Tinajones, el desfile no es un acto más. Es una celebración  que viene de años atrás.

Rosita aún no sabe que la Plaza de la Revolución, donde marchará por primera vez fuera de la escuela, se llama “Ignacio Agramonte”. Tampoco conoce la historia completa de El Mayor, ese valiente a caballo que hace más de ciento cincuenta años se levantó en armas desde el ingenio El Oriente, contra el dominio español.

Pero intuye que el lugar es importante porque su abuelo, cada vez que pasan por allí, se quita la gorra y dice: “Ahí está El Mayor, mirándonos e instando a luchar con la vergüenza”.

La tradición del Primero de Mayo en esta provincia tiene un valor agregado, fue en 1959,  pocos meses  después del triunfo de la Revolución, cuando los camagüeyanos salieron masivamente por primera vez a reclamar su lugar en el mundo.

Primero de Mayo con Camilo

Luego del triunfo revolucionario los camagüeyanos celebraron El 1ro de mayo de 1959, con la presencia del Comandante Camilo Cienfuegos, su histórico discurso es recordado en una tarja que abriga el propio escenario, donde tuvo lugar  su encuentro con el pueblo, en el Casino Campestre.

Las palabras de Camilo con aquel llamado a la unidad, que se mantienen hoy con la misma fuerza para los cubanos, reclamaban que eran momentos de estar fusionados. Planteó los problemas a resolver y expresó que “había que seguir adelante con La Revolución.”

Desde entonces, cada 1ro de mayo, la ciudad se viste de banderas y colores, desde 1989 tiene lugar en la Plaza de la Revolución. Allí nacen consignas y el paso firme de los trabajadores. Los de mayor experiencia recuerdan desfiles con lluvia, con sol ardiente, con carros alegóricos tirados por tractores, iniciativas de equipos y uniformes, siempre con la certeza de que la calle les pertenece y que la paz es la esencia.

Volvemos con Rosita

Mi abuela me contó que cuando ella era chiquita los hombres iban con machete al desfile. ¿Es verdad, eso? Dice ahora sentada en la cama, sin poder conciliar el sueño.

La madre sonríe suavemente. “Sí, hija. Pero no para cortar caña, sino para demostrar que estaban listos para defender lo que es nuestro”. La niña se queda pensando. Ella nunca ha visto un machete fuera de una guarapera, pero le gusta la imagen: una fila de hombres altos, con el acero brillando bajo el sol camagüeyano.

Llegó la mañana del primero

A las cinco de la mañana, el gallo del vecino todavía no ha cantado, pero Rosita ya está vestida. En la sala, su mamá le ajusta la pañoleta y salen caminando. — ¿Vamos ya? —pregunta con una banderita cubana en la mano, que guarda de desfiles anteriores, que la familia siempre le traía de recuerdo.

Mientras caminan,  la mamá recuerda su primera participación en el desfile, hace más de 30 años,  cuando la llevó su madre junto a sus compañeros de la imprenta donde trabajaba, llevaron libros gigantes, una guillotina de cartón y otras herramientas que definían su trabajo. “Ese día llovió a cántaros”, pero nadie se fue. Los camagüeyanos somos así: testarudos como Agramonte.

Rosita sigue caminando con su madre, ella es periodista y debe llegar a la plaza antes de que amanezca. La ciudad comienza a despertar. Se escuchan los primeros acordes de una conga lejana, el rumor de los coches  llenos de gente con banderas, y el eco de la alegría que se multiplica en las esquinas.

Entonces, sin darse cuenta llegaron. Ya están en la plaza enorme, que comienza a quedar estrecha cuando la llenan los camagüeyanos.

La niña elocuente sabe que hoy no es un día cualquiera. Hoy marchará junto a su padre, junto a sus maestros, junto a los viejos que empuñaron machetes y los jóvenes que empuñan libros. Todos, bajo el mismo sol de la llanura, repitiendo una promesa que Camagüey renueva cada 1ro de mayo: El decoro, aquí es eterno como los tinajones, nunca vamos a perderlos.

PD.

Después les cuento, que dice Rosita al regresar del desfile.

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