Por: Dra. Kezia Zabrina Henry Knight, MSc. José Fernando Crespo Baró y Lic. Amparo Fernández Galera
“Vivió como que
había de morir,
y murió como que
había de vivir”.
El domingo 11 de mayo de 1873 parecía transcurrir con total normalidad en la ciudad de Puerto Príncipe, y así sucedería hasta pasadas las diez de la mañana, después de saberse por la ciudadanía que un correo militar llegado del Potrero de Jimaguayú había traído la noticia de la muerte el Mayor Ignacio Agramonte, abatido en refriega sin más significado estratégico para la insurrección.
La Segunda División del Departamento del Centro bajo el mando del Mariscal de Campo don Ramón Fajardo e Izquierdo[1], —según Pieltain, quien reunía “influencia y personas de su intimidad que podrían ayudarle muy eficazmente—”[2], se aprestaría a celebrar esa noche la derrota de la insurrección en el «Casino Español». Puede afirmarse que no fue para ultrajarle su honor ni para celebrar la muerte del vencido, según precisan documentos históricos y el propio Capitán General Cándido Pieltain.
Aprecio del Mayor
Bueno es saberse el criterio del bando opuesto para formarnos una opinión objetiva de la trascendencia múltiple de una de las figuras claves del proceso liberador cubano de mediados del siglo XIX, como la del Mayor General Ignacio Agramonte. Para saberlo echemos una mirada a la Memoria del Capitán General Cándido Pieltain en la que se advierten conceptos y opiniones respetuosas y con bastante veracidad y objetividad en torno a El Mayor.
Por ejemplo, al aludir a la tenaz resistencia y combate que libraba, que se sabe perseguía robustecer la fe y la unidad revolucionaria en torno a la República en Armas y asegurar el triunfo de la Revolución, Pieltain precisaría: “[…] el incremento de la insurrección continuaría, levantándose más y más el espíritu separatista, en proporción de lo que decaería el de las tropas y habitantes leales á España; como Manzanillo y Bayamo, en el departamento Oriental, estaban seriamente amenazados, é Ignacio Agramonte, en el Centro, con su prestigio y fuerzas, era un peligro constante para las Villas y el departamento Occidental”.[3]
El más importante Jefe de la insurrección
Al referirse al fin de Agramonte Pieltain calificaría el combate de Jimaguayú: “Notable hecho de armas en que perdió la vida con ochenta de sus mejores partidarios Ignacio Agramonte, cuyo cadáver fue conducido á Puerto-Príncipe y reconocido allí por toda la población[4]. Este cabecilla era el más importante Jefe de la insurrección en el departamento Central y acaso en toda la Isla, por su ilustración, por la influencia que ejercía en sus secuaces, por su valor, carácter y energía, pudiendo asegurar á V. E., que su falta es un golpe mortal para los enemigos de España, y puede apresurar mucho la época de la anhelada pacificación”.[5]
Como se advierte, en nada el General en Jefe del Ejército de Operaciones había disminuido el mérito, las cualidades y los valores de tan distinguido jefe; y hasta admitió, entre líneas, que su liderazgo habría sido vital para lograr la separación de España.
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[1] El Comandante General y Mariscal don Ramón Fajardo radicaba en la segunda planta de la Comandancia del Departamento Militar del Centro, en la calle Mayor nro. 12. El Estado Mayor radicaba en planta baja, siendo su jefe el Coronel don Carlos Rodríguez y Rivera, designado en abril de 1873.
[2] Fajardo, natural de Alicante, en España, contrajo matrimonio en la Parroquial Mayor de Puerto Príncipe, en septiembre de 1873, con la principeña Ángela Betancourt y Agramonte, quien había enviudado del insurrecto Proscopio del Castillo. La esposa del oficial era hermana de la destacada patriota Ana Betancourt y Agramonte, ambas emparentadas doblemente con Ignacio Agramonte Loynaz.
[3] LA ISLA DE CUBA, desde mediados de Abril á Fines de Octubre de 1873. Por el Teniente General Don Cándido Pieltain. Gobernador superior Civil, Capitán general y General en jefe que ha sido de aquel Ejército en la expresada época. MADRID: 1879. LA UNIVERSAL.- Est. Tip. á cargo de E. Viota. Relatores, 13, p. 71.
[4] Ob., cit. Apéndice nro. 10, p. 165. Estado al que no dejaría de referirse Fajardo tras saber la muerte de Agramonte y presumir que tras esta sobrevendría el colapso de la Revolución: “La insurrección ha sufrido un rudo golpe (…) sino más principal por la pérdida del cabecilla de más importancia que ha dejado de existir (…)”. En: Archivo Histórico Provincial de Camagüey: Fondo: Jorge Juárez Cano, Legajo Nro. 29. Pro patria.
[5] Entre las repercusiones que tuvo la muerte de Agramonte merece señalarse la cifra de matrimonios entre la oficialidad de la Comandancia del Departamento y su Estado Mayor y las principeñas de familias acomodadas. En suma, 17 comandantes, 2 coroneles, 5 tenientes coroneles, 11 alférez, 2 tenientes médicos, 24 capitanes y 1 teniente de navío. Fuente: Archivo Histórico Diocesano Arzobispado de Camagüey, Iglesia Parroquial Mayor de Puerto Príncipe. Libro Nro. 2, Juramento de Blancos. 1865 – 1878. Uno de esos matrimonios ocurrió en mayo de 1874 entre el Capitán de E. M. Ayudante del J. del Departamento del Centro don Francisco González del Hoyo y la poetisa Aurelia del Castillo y Castillo. (Investigación inédita en curso por los autores).


