9 de julio de 1871: Detención de Ana Betancourt en la manigua insurrecta

Foto: Cortesía del autor
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Por: MSc. Ricardo Muñoz Gutiérrez

El matrimonio de Ignacio Mora de la Pera y Ana Betancourt Agramonte, por su consagración a la lucha por la independencia de Cuba renunciando a las comodidades que la vida reservaba para las familias acaudaladas en el Camagüey del siglo XIX, lo elevan al altar de la historia.

En 1854 el joven Ignacio, que acababa de regresar de Europa, imbuido por las ideas libertarias, se casó con la también joven, bella e inteligente Ana. En la vida conyugal, el esposo fue maestro y guía; la educó en sus ideas políticas y revolucionarias, le inculcó los sentimientos más puros, el amor a la patria y le enseña idiomas, gramática e historia. Aprendió Ana a redactar para los periódicos, a corregir las pruebas de los artículos que el esposo publicaba en los diarios locales.

Cuando el 4 de noviembre de 1868 Ignacio se fue a la manigua, Ana quedó en su casa de la calle Mayor de ciudad de Puerto Príncipe. Alertada por Ignacio del peligro que corre con su partida, le escribe: “Úneme a tu desino, empléame en algo, pues como tú, deseo consagrarle mi vida a mi patria.”[1]

Desde su casa se ocupó de hacer propaganda, escribía proclamas, recibía y remitía comunicaciones al campo; el hogar era foco de la revolución, se depositaban armas, pertrechos de la guerra y vituallas para el campo de la revolución. La actividad desplegada ponía en peligro su libertad y el 4 de diciembre de ese año marcha al campo insurrecto.

Es muy conocido que estuvo presente en Guáimaro en los días luminosos de la Asamblea Constituyente de la República en Armas y sus patrióticas palabras en defensa de los derechos de las mujeres en un mitin efectuado en la plaza de ese pueblo el 14 de abril.

Pero las guerras implican sacrificios impensables. Después de los tiempos iniciales, donde los mambises llevaron la iniciativa, España logró trasladar a la Isla miles de soldados que, unidos a fuerzas de sus paisanos en Cuba, fueron cambiando la correlación de fuerzas y en 1871 sus columnas en operaciones llevaban la mejor parte mientras los cubanos pasaron a la defensiva.

El 9 de julio de ese año, Ignacio y Ana se encontraban en Rosalía del Chorrillo, territorio de Najasa; por una delación fueron sorprendidos por una guerrilla enemiga. Trataron de escapar; pero, Ana, que padece de crisis de artritis en las piernas no puede andar con rapidez, se cae, le ruega a Ignacio e induce a huir, lo empuja diciéndole:

—A mí no me harán nada si me encuentran sola, si te quedas tú, te matarán y tal vez me ofendan para hacerte sufrir más. Tú te debes a la patria…”[2]

Lo vio alejarse pensando que quizás nunca volvería a verlo. Para dos personas que se aman, es momento difícil e imposible de olvidar.

Ana es detenida y apoyada en los brazos de un enemigo es conducida hasta el jefe de la tropa compuesta por unos 50 hombres. Comienza el interrogatorio:

—¿En dónde está su esposo?

—Lo ignoro

—Antonio [el delator] dice que estaba aquí, con usted.

—Él puede haberlo dicho, pero ya ve usted que no está.

Enfadado el oficial, indica a sus subordinados

—… Oíd bien. Pegaos por los alrededores, y alerta. De vigilar a la mambisa me encargo me cuidaré yo; dentro de una o dos horas viene el palomo en busca de la paloma, y lo cazamos.

Otra vez pregunta a Ana:

—¿Tampoco sabrá usted a que vino ayer aquí un ayudante de Carillo? [un oficial mambí]

—Sí lo se. Respondió Ana.

—¿Qué buscaba?

—Traía una orden de él para que mi esposo le tuviese preparadas cien raciones para que él y su gente pudiesen comer hoy aquí.[3]

Ana había calculado el número de sus captores y mientras fraguaba y decía aquella mentira no levantaba la vista del suelo temerosa que el contrario descubriera el engaño. Sabía que ellos no eran capaces de esperar una fuerza mambisa y así ocurrió; después de varias conferencias entre los principales captores, decidieron retirarse con la prisionera. Antes, saquearon y quemaron el rancho; pero, la astucia de esta mujer cubana salvó la vida de su esposo Ignacio Mora, un hombre importante de la Revolución.

Durante tres dias marcharon hasta el campamento español de Jobabo, al sur de Puerto Príncipe; allí fue presentada al sanguinario Montaner quien le pide que le escriba a su esposo Mora para que se presentara. Cuenta Ana que la respuesta fue viril, “Que en cuestión de honor todo término medio me parecía deshonroso. Que los hombres de la clase de Ignacio y de sus principios no se deshonraban jamás” y cuando le insiste

—¿Y no sabes que él tendrá que morir, si continúa en el campo?

Respondió Ana

—Ese es nuestro destino, tarde o temprano hemos de morir, lo mismo da que sea de una calentura o de una bala.

—¿Usted no ama a su esposo?

—Más que a mi alma ¡pero prefiero ser la viuda de un hombre de honor a ser la esposa de un hombre sin dignidad y mancillado.[4]

Montaner dispone que permanezca en el campamento hasta que cambie de parecer y acepte escribir a Mora; pero, la mambisa no se ablandó y continuó firme.

El cautiverio en el campamento de Jobabo es otro capítulo de la vida patriótica de Ana Betancourt de Mora que prometemos para la próxima.

Fuente: Sarabia, Nidya: Ana Betancourt Agramonte. Editorial Ciencias Sociales, La Habana, 1970. p. 38, 43-44 y 75-78.

[1] Nydia Sarabia: Ana Betancourt Agramonte. p. 43-44.

[2] Ídem. p. 75.

[3] Ídem. p. 76.

[4] Ídem. p. 77-78.

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