Fidel el padre de todos

Foto: Cortesía del entrevistado
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Por: Enrique Atienzar Rivero 

Una cualidad que singulariza a mi entrevistado: Roberto Conde Silveiro es la sencillez y quizás por ello mantuvo a discreción las 150 noches con Fidel en una tarea meritoria: el inicio de la Batalla de Ideas con apenas 19 años de edad.

Lo dice con naturalidad durante la conversación. Hay experiencias que marcan para siempre y  momentos que no entiendes, sin que nadie tenga que explicarlo, cuál será el sentido de su vida.

“Para mí, ese momento llegó cuando tuve la oportunidad de integrar el Grupo de Trabajo para la Batalla de Ideas, acompañando al Comandante durante más de 150 días y 150 noches consecutivas. No eran simples jornadas de trabajo: eran trincheras de dignidad, de pensamiento, de estrategia y de amor por Cuba.

“Me encontré sometido al rigor de un sistema de trabajo tan intenso como humano. Fidel no descansaba por él: descansaba por el pueblo. Y cada una de sus horas estaba orientada a encontrar soluciones, a defender a los nuestros, a levantar lo que parecía imposible.

Allí nacieron —día a día— los programas sociales que transformaron la vida de millones, al tiempo que el país libraba batallas por la liberación de Elián, por el regreso de los Cinco Héroes, y por la defensa de nuestra soberanía frente a quienes han intentado doblegarnos.”

Recordó que una de esas madrugadas, cerca de las dos de la mañana, el sueño lo  venció por un instante, como les ocurrió al inicio a casi todos los muchachos del equipo. Fidel, con ese sentido paternal que solo tienen los hombres verdaderamente grandes, pidió que me despertaran “para que escuchara atrasadas las misiones del día siguiente”.

No fue un regaño, fue un acto de cariño, de guía, de responsabilidad compartida, razona el entrevistado. Y desde entonces, “lo confieso sin exageración: no he vuelto a dormir igual. Vivo desvelado por mi deber.”

“He entregado todas las horas de mi vida a la OPJM, la FEEM, la UJC y al Partido Comunista de Cuba. No porque alguien me lo exigiera, sino porque entendí —desde aquellas noches inolvidables— lo que significa la palabra fidelidad. Una fidelidad que no se declama: se vive.

Por eso, cuando algunos deciden vender su alma al Imperio, traicionar a su pueblo y utilizar su historia personal como moneda de cambio, solo puedo reafirmar que jamás traicionaré su confianza ni la de mi patria. Seré uno de los agradecidos mientras me alcancen los días.”

Fidel es tan grande que su ejemplo continúa inspirando a los que vencen y aplastando —sin necesidad de gritar— todo lo que resulta indigno. Reproduzco en detalle la entrevista, en la cual nos daremos cuenta de la confianza que Fidel siempre depositó en los jóvenes.

Aunque pensé poner como título: Conde, los 150 días y noches con Fidel, él sugirió: Fidel, el padre de todos; por la cercanía al tercer domingo de junio.

“La primera vez que lo vi personalmente fue en un Consejo Nacional de la FEEM, en el Palacio de la Revolución, un cinco de diciembre de 1997, en aquel momento invitaron a los vicepresidentes provinciales y esa fue mi oportunidad.

Cuando lo vi aparecer sentí que estaba asistiendo a uno de los momentos más importantes de mi vida. Ese día nos habló de la necesidad de fomentar la vocación por las carreras pedagógicas, la preparación de los dirigentes juveniles, la guerra de símbolos y allí anunció la visita del Papa Juan Pablo II a Cuba.

Estuvimos reunidos desde horas del mediodía hasta pasada la media noche. Cuando miró el reloj dijo: “bueno ya son más de las doce, felicidades a todos porque ya están de cumpleaños”, se refería al 27 aniversario de la Organización.

Al cierre de aquel histórico encuentro, la Presidenta Nacional, Nely Morera Quintanal, le pidió que diera una orden a la FEEM y sin pensarlo dos veces respondió: “Una sola orden y para el futuro, ¡cuiden siempre esta Revolución!”. Ese día se gestó en mí una mezcla de compromiso, motivación y convicción revolucionaria.

Nunca imaginé volver a verlo, pero en las cosas de la vida uno nunca puede decir nunca. En el año 1998 integré el Secretariado Nacional de la FEEM como vicepresidente y el 4 de abril de 1999, nos volvimos a encontrar en el Salón de Protocolo El Laguito, con motivo de la entrega de condecoraciones estales por el aniversario 37 de la UJC y el 38 de la OPJM.

Esa noche alguien se le acercó y le dijo: “mire Comandante, este es el vicepresidente nacional de la FEEM, quien también está cumpliendo años hoy y quiere tirarse una foto con usted”. Puedo asegurar que de mí nunca salió la idea de la foto, pero estoy seguro que siempre será mi mejor regalo de cumpleaños.

Me pidió que me acercara y enseguida entabló una conversación, como el que se esmera para ser agradable en el día más especial que tiene una persona. Yo experimenté una mezcla de euforia, susto, alegría y no sé cuántas cosas más, pero estaba seguro que aquel momento ya era uno de los recuerdos más bellos de mi vida.

-¿Cómo te llamas?

-Roberto, pero todos me dicen Conde, por el apellido.

-¿Y qué estudias?

-Informática

-¡Ah, qué bien! la ciencia del futuro. Yo ando aprendiendo algo de eso.

-¿De dónde eres?

-De Camagüey

-Una buena tierra

-Y de quién fue la excelente idea

-¿Qué idea Comandante?

-La idea de tenerte un 4 de abril, ¿de tu papá o tu mamá? Bueno, de quien haya sido, es una buena idea. Vamos a tirarnos esa foto.

Un mes después me incluyeron en la delegación que acompañó el equipo de béisbol al juego con los Orioles de Baltimore en esa ciudad. Personalmente nos alertó de todos los tipos de asedio que enfrentaríamos por la mafia contrarrevolucionaria y la conducta que debíamos seguir. Al concluir el victorioso juego, pidió que regresáramos cuanto antes y organizó un recibimiento por toda la avenida Boyeros.

En septiembre de ese año pidió fueran a su oficina todos los cuadros centros de las organizaciones de masas, entre ellos Almeida, Vilma, Pedro Ross, Lugo Fonte, Contino, Hassan y Niurkita Duménigo, para entonces yo era el Presidente Nacional de la FEEM. Entró al salón de reuniones y compartió con nosotros la Proclama de la Asamblea Nacional del Poder Popular que habíamos propuesto para declarar el Bloqueo de los EEUU como un acto de genocidio, según la convención de Ginebra de 1949.

Ese día le di varios criterios sobre el documento, quedó complacido y me invitó a hablar en la Asamblea Nacional que se realizaría la semana entrante.

Después de la sesión de la Asamblea Nacional, esa noche invitó al Palacio de la Revolución a varios de los que intervenimos y en medio del encuentro propuso que acompañáramos al Ministro de Relaciones Exteriores al 54 Período de Sesiones de la Asamblea General de la ONU, en Nueva York. Me preguntó que si yo tenía ropa de salir y le respondí que sí.

Él se refería a trajes, guayaberas y ropa de gala; yo hablaba de mi pitusa negro y las camisas llamadas bacterias que se usaban. Por suerte alguien que me conocía bien, me hizo la aclaración y enseguida rectifiqué mi respuesta.

Personalmente se interesó por mi vestuario.

En octubre de ese año, decidió que lo acompañara en su visita oficial a Venezuela, fue un viaje lleno de aprendizajes, cordialidad y amistad. En ningún momento se separó del presidente Chávez y disfrutó cada espacio a plenitud.

El 4 de diciembre de 1999 pidió tener un encuentro con el Buró Nacional de la UJC, los presidentes de las organizaciones estudiantiles y otros compañeros del Partido, el Gobierno y dirigentes de la Capital. El tema era la preparación de una nueva etapa de lucha de la Revolución para la liberación de un niño que estaba secuestrado en Miami.

Al concluir el encuentro me pidió que me preparara para hablar al día siguiente frente a la Oficina de Intereses del Gobierno de los EEUU y así fue, arriba de un jeep me convertí en fundador de las Tribunas Abiertas de la Revolución.

Las tribunas las organizábamos con su presencia, de forma diaria, en el salón de reuniones de su oficina. Aquellos encuentros iniciaban regularmente a las siete de la noche y concluían a las tres de la mañana, aunque no pocas veces duraban hasta el amanecer.

Al inicio solo se chequeaban los resultados alcanzados, se proponían  los posibles oradores, artistas y las líneas de mensajes que se debían utilizar al día siguiente. Las constantes ideas que surgían al calor de aquella Batalla de Ideas dieron lugar a varios programas sociales, que después se conocieron como los Programas de la Revolución.

Cada uno de esos programas daba lugar al nacimiento de otro, todos estrechamente vinculados entre sí. Las denuncias de las Tribunas Abiertas tomaron otra forma en la Mesa Redonda. Surgió el Programa Audiovisual, el Canal Educativo, el Canal Educativo 2, Universidad para Todos, las escuelas emergentes para la formación de maestros primarios, los profesores generales integrales de secundaria básica, la merienda escolar, las escuelas de instructores de arte, los trabajadores sociales.

Los cursos de superación integral para jóvenes, el pesaje y tallaje de todos los niños, el estudio genético, la universalización de la educación superior, las bibliotecas familiares, canturías infantiles, la conversión de prisiones en escuelas, el desarrollo de los joven club de computación y electrónica, los paneles solares para las escuelas no electrificadas, entre otros.

En los encuentros de cada noche las ideas se convertían en proyectos y a los pocos días ya eran programas. Cada uno de nosotros tenía misiones concretas dentro de aquel equipo que no tenía nombre.

Varias veces el Comandante había dicho: “tenemos que ponerle un nombre a este grupo de trabajo”. Un día alguien le reclamó que todavía no había puesto nombre al grupo de trabajo, a lo que enseguida respondió: “Este comité ya tiene nombre, es el Grupo de Trabajo para la Batalla de Ideas”.

La tarea para mí era muy fuerte. Cuando salía de Palacio a las tres de la mañana iba para la casa donde estábamos albergados y dormía de tres a cuatro horas, la mañana se la dedicaba a mi escuela, a partir de la una de la tarde iba para la sede de la FEEM Nacional y a las cinco ya estábamos frente a la SINA en tribuna abierta.

Cuando se terminaba volvía a casa, en pocos minutos me bañaba, hacía las tareas, llamaba a la familia y amigos de Camagüey, a las ocho o nueve de la noche debíamos estar listos para iniciar la reunión del Grupo de Trabajo y a la hora que terminábamos es que comíamos.

Se dice fácil, pero a todo ello hay que sumarle la presión con la que trabajábamos. Todos los días salíamos con tareas individuales y colectivas encargadas por él, para responder en la noche o en la misma semana.

Como podrás imaginar el nivel de profundidad y exactitud no podía tener margen de error, era para Fidel; el más mínimo error podía ser detectado en el acto y con la vergüenza de haberle fallado.

Cada misión la pensaba, organizaba y controlaba milimétricamente. Nosotros nos convertimos en realizadores de sus sueños, ¿te imaginas echarle a perder un sueño a Fidel? Dedicaba mucho tiempo a explicar los detalles que debíamos tener en cuenta.

Frente a nuestros errores no se molestaba mucho, pero siempre salía de su boca la palabra de un padre que nunca queríamos escuchar: “tienes una crítica”.

El Grupo de Trabajo era también un mensaje para el sistema político del país: en la juventud siempre hay que depositar las grandes tareas.

Fue la manera que encontró de entrenar a una generación y a la vez nutrirse de muchas verdades que no siempre le llegaban. Nosotros le contábamos las cosas sin adornos, sobre la base de nuestras propias experiencias, escuchaba con mucha atención y cuando el tema lo ameritaba, de allí salía una investigación y una decisión para todo el país.

Uno de los días más desesperantes a su lado fue cuando se desmayó en la tribuna abierta del Cotorro. El Sol estaba muy fuerte, llevaba horas hablando y todos estábamos agotados.

El día anterior había inaugurado la Escuela Nacional de Ballet, tuvimos la reunión del Grupo de Trabajo, nos despidió en la puerta, como de costumbre y nos dijo: “avancen ustedes que yo todavía tengo que hacerle algunos arreglos al discurso”.

Ese fue el día de la histórica frase: “Solo les digo una cosa, ¡volverán!” La alegría fue inmensa cuando lo vimos retornar con su paso de gigante y las palabras que nos devolvieron el consuelo:

“Estoy bien, estoy entero, pero esto no se queda así, lo terminamos esta tarde en la Mesa Redonda”.

Cumplí muchas tareas directas, pero nunca me vi en un aprieto más grande que aquella vez en que me encargó que preparara un discurso de tres minutos y medio para resumir el acto por el 35 aniversario de las escuelas en el campo en Caimito. Fue uno de aquellos sábados en los que presidía el General de Ejército y los Comandantes de la Revolución. Antes de comenzar la tribuna el compañero Raúl me pregunta:

– ¿Dicen que vas a disparar en el cierre de hoy?

– Eso parece -respondí con firmeza y nerviosismo.

– Bueno, entonces si quieres pásate de los cinco minutos.

En ese momento solo me dio por hacer una aclaración, que yo estaba claro me iba a salvar.

– Ministro, el Jefe anoche me pidió que fueran sobre los tres minutos y medio.

– Inmediatamente salió la voz fuerte y enérgica que todos conocemos bien para alertarme:

– ¡Yo no he dicho nada!; ¡yo no he dicho nada! Que sean tres minutos y medio.

En una de las despedidas matutinas, en la puerta de Palacio, se detuvo delante de mí y señaló con su dedo índice la cabeza de un caballito que era la marca del pullover que yo llevaba puesto. Se echó a reír y me dijo: “préstame este caballito para montar a Elián cuando regrese”. Lo tenía todo pensado, cuando regresó Elián, tres meses después, lo paseó en un poni varias veces, como parte de su recuperación psicológica.

El 14 de febrero del 2000 se realizó la Tribuna Abierta de la FEEM en el Palacio de las Convenciones. Por esos días se construía la Tribuna Antimperialista José Martí y hubo que mudar el campamento. Me pidió que fuera algo diferente a lo que se hacía diariamente y de los miembros del Secretariado Nacional salió la idea de convertir la tribuna en la clase de un profesor de historia, donde unos alumnos discursaban y otros cantaban.

Esa idea le encantó y enseguida metió sus prodigiosas manos en el asunto. Me dijo: “el profesor puede ser Alexis Díaz Pimienta con repentismo comentado y los alumnos pueden ser de todas las enseñanzas”.

Al concluir esa tribuna, aproveché la ocasión para pedirle que le enviara un mensaje a los estudiantes de la FEEM en la Batalla de Ideas y lo escribió de puño y letra:

“A la FEEM:

¡Adelante! Nunca digan lucharemos hasta que regrese Elián. Esto es solo el comienzo. Falta un mundo. Tendremos que luchar mientras exista el Imperialismo.”

Cada vez que tenía una oportunidad hacía un aparte con Hassan y conmigo para saber cómo nos iba en la escuela, a fin de cuentas, de aquel Grupo solo nosotros éramos estudiantes y se preocupaba como un padre.

Comprenderás que detrás de cada historia hay mil anécdotas, pero sí puedo afirmar que conocí al hombre más sensible del mundo y que todo lo que hizo fue por amor, pensando en el ser humano y en su pueblo.

Uno de sus mayores deseos era que todos tuviéramos igualdad de oportunidades y posibilidades para crecer como seres humanos, independientemente del tipo de familia donde haya tocado nacer. Aspiraba a que todos tuviéramos una vasta cultura general e integral, porque defendía la teoría de que a mayor nivel cultural, disminuía la violencia, el delito y la marginalidad. Otro concepto era que no se podía vivir de la muela, la Batalla de Ideas tenía que ser hechos y realizaciones concretas.

Nunca le dejó pasar una a quien intentó justificar un problema o darle vueltas a un asunto. Era implacable con las cosas que no se llevaban hasta el final en el menor tiempo posible.

Fidel nos demostró con el caso de Elián, que el problema de una familia puede y tiene que convertirse en el problema de un país y solo cuando nos unimos podemos resolverlo, por grande que este sea.

La Batalla de ideas fue una etapa de maduración de las formas de hacer política e iluminó el camino para desafiar nuevos retos. No es casual que en medio de esa nueva era, definiera el concepto de Revolución, aquel 1ro de mayo del 2000.

El día que terminé en el Grupo de Trabajo, porque también había terminado en la FEEM, se despidió de mí con sentidas palabras: “Felicidades por haber vencido esta etapa de tu vida. Agradecemos mucho tu aporte en esta contienda. Contamos contigo a donde quiera que vayas”.

Él se despidió de mí, pero yo nunca me despedí de él, no pienso hacerlo jamás. A donde quiera que vaya estará conmigo. Después de aquel momento, lo volví a ver de lejos en la sesión plenaria del 7mo Congreso del PCC y la otra vez fue cuando me pasó por al lado en su cortejo fúnebre, a la entrada del cementerio de Santa Ifigenia. Confieso que ese día lloré tanto, como la vez que perdí a mi papá, con apenas trece años, pero, ¿cómo no hacerlo?, a fin de cuentas Fidel es el padre de todos.

Mis hijas María Camila y Celia María, han crecido bajo el amor de una familia agradecida, que no acumula bienes materiales, pero se siente afortunada por haber nacido en Cuba, la isla misteriosa que todos admiran y defienden por su unidad, por su firmeza, por desafiar poderosas fuerzas dominantes, porque se emancipa con sus propios esfuerzos, tiene fe infinita en la victoria y no abandona los sueños de justicia de su padre.

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