Por: MSc. Ricardo Muñoz Gutiérrez
En julio y agosto de 1851 el Camagüey lloró. Nueve de sus hijos murieron por la Patria, su líder Joaquín de Agüero y Agüero, un gran patriota camagüeyano.
El 3 de febrero de 1843 concedió legalmente la libertad a sus ocho esclavos por “…pura liberalidad y sin ningún interés…” y al ser requerido por la máxima autoridad de Puerto Príncipe, respondió que había dado la libertad: “Cumpliendo un deber de humanidad y conciencia”.
Consideraba que ningún hombre tiene derecho “…para apoderarse de otro por la fuerza y de venderlo como si fuera una propiedad suya…” y se sentía obligado “…a reparar la injusticia de nuestros antepasados, devolviendo la prerrogativa y el derecho de hombre a nuestros hermanos, los hombres de color…”
Agüero se enroló en los planes conspirativos de la Sociedad Libertadora de Puerto Príncipe contra el colonialismo español; fue encargado de dirigir en Nuevitas labores de captación y de propaganda que llamaban a empuñar las armas como un deber patriótico; aunque, en ello le fuera la muerte.
Cuando el 3 de mayo de 1851, la autoridad española ordenó la detención de varios camagüeyanos involucrados, Agüero no fue detenido por encontrarse fuera de Nuevitas.
En mayo y junio, Agüero y otros conspiradores ocultos apremiaron a la Sociedad Libertadora para que ordenase el levantamiento armado. El 4 de julio de 1851, en San Francisco de Jucaral, alrededor de 46 hombres capitaneados por Joaquín de Agüero se levantaron en armas y firmaron una Declaración de Independencia, la primera aprobada en los campos de Cuba Libre:
…nos hemos reunidos, protestando ante los hombres que en fuerza de las circunstancias, no podemos, ni queremos vivir por más tiempo sometidos a España. De hecho y de derecho nos constituimos en abierta rebelión … desconocemos: toda autoridad de cualquier clase y categoría que sea, cuyo nombramientos y facultades no traigan su origen exclusivamente en la mayoría del pueblo de Cuba…
Los sublevados, eligieron como jefe de la partida insurrecta a Agüero.
Las acciones militares se iniciaron la noche del 8 de julio con el asalto a Las Tunas; pero, una delación había puesto al gobernador en alerta y los patriotas, que no conocían la localidad, se confundieron y se enfrentaron entre ellos. Perdido el factor sorpresa, fracasó la acción y le siguió la dispersión.
Perseguidos y mermados en número, cerca de 26 patriotas siguieron a Agüero y acamparon en la finca San Carlos. El 13 de julio, fueron atacados por las fuerzas españolas y conminados a la rendición; la respuesta fue categórica:
- ¡Viva Cuba Libre! ¡Viva la Independencia!
Eran los disparos del primer combate frontal entre cubanos y españoles de la historia patria, disparos que causaron la muerte a Juan Francisco de Torres, Antonio María Agüero Estrada, Francisco Perdomo Batista, Mariano Benavides y Victoriano Malledo, los primeros patriotas en morir empuñando las armas por la libertad.
Los cubanos se dispersaron. Agüero, comprendiendo el fracaso del alzamiento, deja que los que quieran se acojan al indulto anunciado por las autoridades; pero él, declaró después ante el tribunal que lo juzgó: “…Nunca creyó… que podría acogerse a ese indulto…”
Según escribió, aunque fue el primero que gritó “Viva Cuba Libre”, no aspiraba a reconocimientos de grandeza, sólo lo había hecho porque los demás callaban o bajaban la voz cuando el país necesitaba una voz poderosa. Acompañado por Fernando de Zayas y Cisneros, Tomás Betancourt y Zayas, Miguel Benavides Pardo, Miguel Castellanos Zayas y Adolfo Pierra y Agüero, se dirigió a la costa norte con el objetivo de embarcar hacia los Estados Unidos. En el pesquero Punta de Ganado permanecieron varios días sin poder hacerlo, hasta que fueron delatados y sorprendidos el 23 de julio; en Puerto Príncipe fueron encerrados en el Cuartel de Caballería, hoy Museo Provincial.
Los trámites del proceso legal se aceleraron, la sentencia era inminente y se necesita un escarmiento. En el juicio, Joaquín de Agüero defendió sus ideales:
—Pensaba entonces, y aún hoy mismo, que el país necesita de un gobierno y leyes muy distintas de las que le rigen y que estando en la imposibilidad de conseguir por medios legales estas mejoras, le era forzoso apelar a las fuerzas…”
El 9 de agosto se anuncia la sentencia de pena de muerte para Joaquín de Agüero, Tomás Betancourt, Fernando de Zayas y Miguel Benavides; diez años de presidio a otros dos patriotas.
Mujeres camagüeyanas pretendieron solicitar a las autoridades la conmutación de la pena; advertido Agüero le respondió:
—Esa presentación es inútil y humillante, y por nada de este mundo deben humillarse las matronas del Camagüey, que son gloria y orgullo de mi patria… desengáñense, las lágrimas no pueden romper las cadenas, al hierro sólo lo rompe el hierro.
El Capitán General condiciona el perdón si los reos firman un acta de adhesión a España y arrepentimiento. Enterado Agüero, le escribió a su esposa:
Sabré sostener mi puesto; sé bien que la vida me va en ello; pero no me haré traición a mi mismo; siempre he sido fiel a mis principios de honradez, y nada recuerdo haber hecho en el transcurso de mi vida que pueda avergonzarme en esta materia. Zayas, Benavides y Betancourt, se muestran igualmente grandes e identificado conmigo.
El 12 de agosto toques de cornetas y redoblar de tambores anuncian, el amanecer de un nuevo día, el último de los patriotas. Una fuerza de caballería despeja el camino desde el Cuartel de Caballería hasta la sabana de Méndez donde se cumplirá la sentencia. En el lugar, los patriotas se abrazan con fuerza, el oficial les ordena colocarse y con la espada indica el sitio a cada uno, un metro de separación. Los 16 soldados, en grupos de cuatro, se situan frente a los héroes. Antes de la orden de disparar, Fernando de Zayas grita:
—¡Muero por libertarte Patria mía!
Los valientes son los que saben morir.


