En torno al Alzamiento de Las Clavellinas

Foto: Cortesía del autor
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Por: MSc. Ricardo Muñoz Gutiérrez

En el viejo Puerto Príncipe o Camagüey de mediados del siglo XIX muchas de las disputas entre un criollo y un español se convertía en querella entre dos bandos con sentimientos políticos diferentes. En junio de 1866, el Capitán General de la Isla escribió a España sobre la situación de la colonia, al referirse a Puerto Príncipe aconsejaba que “[…] puede haber y debe haber un general o brigadier de confianza que con las tropas haga frente a una eventualidad de fuerza más posible allí que en otra parte […]”

No se equivocaba, en el Camagüey se conspiraba contra España y les fue necesario desmantelar una Junta Revolucionaria. En octubre de 1868 se continuaba conspirando, se procuraban compra de armas en el extranjero y se había asistido a dos reuniones con patriotas orientales donde los camagüeyanos se habían comprometido secundar un levantamiento armado, solo cuando las condiciones estuviesen creadas, y se había acordado iniciarlo en 1869.

Por ello, el alzamiento del 10 de octubre de Céspedes sorprendió al Camagüey. Salvador Cisneros Betancourt, uno de los principales líderes de los patriotas y único intermediario entre los comprometidos y la dirección secreta de la Junta Revolucionaria de Camagüey, se encontraba en La Habana coordinando los planes revolucionarios según acuerdo con los orientales; esta ausencia acrecentó la sorpresa que pasó a convertirse en una encrucijada.

El dia 11, la máxima autoridad española de Puerto Príncipe proclamó el estado de excepción; si era capturado un sublevado, instigador o persona que auxiliara se le impondría la pena máxima. Ordenó el reforzamiento militar de la ciudad, destinó tropas a otras poblaciones, indicó vigilancia del campo y el uso de la fuerza si era necesario. Además, organizó una fuerza irregular “Los Murciélagos” con licenciados del ejército y de la cárcel y “gente hamposa y de mal vivir”.

Era imprescindible un levantamiento armado que obligara a España a dividir sus fuerzas militares; sin embargo, las opiniones entre los comprometidos camagüeyanos eran contradictorias. Algunos, como Bernabé de Varona, Bembeta, y Manuel de Jesús Valdés, Chicho, los más destacados por el número de hombres, se fueron al monte sin órdenes precisas y formaron partidas por el sur del territorio. Otros, como los hermanos Arango el día 30 de octubre ocuparon los poblados de Sibanicú y Cascorro y el mismo día 4 de noviembre a Guáimaro, en todos los casos sin resistencia de la Guardia Civil.

 

Otros conspiradores mostraban su contrariedad por el paso dado por Céspedes y eran partidarios de esperar por unas armas que se gestionaban en el exterior.

El regreso de Cisneros a fines de octubre, una incitación de los patriotas orientales al Camagüey apelando al orgullo para que secundaran el alzamiento y un mensaje recibido desde la capital con la información que un barco con 1 500 rifles arribaría al puerto de Nuevitas para fortalecer las fuerzas del Conde de Valmaseda que se multiplicarían para combatir a los rebeldes orientales, precipitaron los acontecimientos. Pensaron los camagüeyanos que desde Nuevitas las armas serían trasladadas a Puerto Príncipe por ferrocarril y varios de los conspiradores asumieron que era imprescindible impedirlo.

La noche del 2 de noviembre, convocada por Cisneros para la Sociedad Filarmónica, la Junta Revolucionaria camagüeyana discute: alzarse o esperar información sobre la compra de armas, sin llegar a acuerdo. El dia 3, sigue las discusiones, ante la pregunta de cómo hacerlo, Eduardo Agramonte contestó: “Pues deteniendo el tren que las conduzca y posesionarnos de ellos.” Ello solo podría ser por la fuerza.

Entonces Cisneros, poniéndose de pie, expresó:

[…] que hacía cuatro horas se estaba tratando de la detención del tren sin haber llegado a ningún acuerdo: que él aceptaba todo lo propuesto por los Agramontes, pero que se retiraba porque estaba convencido que de la Junta no saldría nada realizable; y por lo tanto: Señores, yo mañana me iré solo o acompañado a detener ese tren, porque […] tengo escrito […] que las armas no llegaran a manos de Mena; y sepan ustedes, que si llegara a recibirlas, antes habrá pasado el tren por sobre mi cadáver.

La indecisión es vencida, queda el Marqués con autorización para proceder según creyera; pero, haciéndose responsable por las consecuencias del posible el asalto al tren.

El Marqués y Eduardo Agramonte se retiran de la reunión y por la calle van citando a los que se encuentra para la Filarmónica esa misma noche. En el encuentro, Cisneros indica a los presentes que inviten a los amigos que sean de confianza para la mañana siguiente en Las Clavellinas; pues “[…] todo el que se sintiera buen cubano estaba en el deber de hacer acto de presencia en aquel lugar.”

En la madrugada del 4 de noviembre, Puerto Príncipe “[…] parecía una colmena alborotada por todas las salidas se encontraban diez o doce a menudo con rifles, otros con escopetas, los otros con trabucos, muchos con machetes y otros sin armas de ninguna clase […]” En el camino a Nuevitas, se dan cita 76 camagüeyanos, Ignacio Mora de la Pera portaba una bandera tricolor con un triángulo rojo, la bandera del 51.

Por acuerdo de la Junta, Eduardo Agramonte actuó como responsable y ordenó emprender marcha, por el mismo camino, hacia el ingenio “El Cercado”; en el lugar se eligieron los jefes y organizaron: Jerónimo Boza Agramonte fue elegido jefe superior por aclamación, y como jefes de los siete grupos en que se dividieron los patriotas: Manuel Boza Agramonte, Eduardo Agramonte Piña, Francisco Arteaga Piña, Martín Loynaz Miranda, Ignacio Mora de la Pera, José Recio Betancourt y Manuel Agramonte Porro.

El hecho que los jefes elegidos no tenían experiencia bélica; sus profesiones eran médico, periodista, abogado, propietario de tierras y un antiguo funcionario del Ayuntamiento; solo dos tenían con 45 años de edad, el resto entre 36 y 28 años y la organización de las unidades combativas en grupos y sin grados militares de sus jefes, evidencian el desconocimiento del arte militar. Si unimos a lo anterior el poder de fuego de las armas que portaban, se puede afirmar que la capacidad combativa de esta fuerza era muy baja.

No obstante, primó el patriotismo, en especial cuando Ignacio Mora de la Pera pronunció un enérgico discurso y solicitó a todos morir antes de abandonar la causa de la independencia, dando Viva Cuba Libre y al Presidente Carlos Manuel de Céspedes.

El Camagüey estaba en guerra para hacer patria.

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