El médico de la puerta abierta

Foto: Cortesía de la autora
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Hay médicos que curan huesos y articulaciones y otros médicos que, además, mejoran el ánimo. El doctor Juan Carlos Olmo Pacheco pertenece a ese segundo grupo, aunque su especialidad sea la medicina deportiva y los traumas. Lleva más de tres décadas dedicado a reparar lo que el deporte —y la vida— rompen: fracturas, esguinces, tendinitis, desgarros, lumbalgia, secuelas del Chikungunya y mucho más.

Quienes llegan a su consulta de Medicina Deportiva, en el Estadio Cándido González de Camagüey, saben que recibirán algo más que un diagnóstico. Desde mi experiencia puedo asegurarlo, pues solo bastó una consulta informal, en el lobby de la institución, para que me abriera su puerta del consultorio, cuando ya había asistido a tres áreas de rehabilitación y no encontré atención por falta de recursos.

Olmo asiste cada mañana a las 7.00 en punto con o sin corriente; él dice que “no va a la iglesia, ni se consulta por la madrugada” para extender sus servicios hasta los sábados y que la rehabilitación sea más eficaz. No sé cómo, pero tiene lo necesario para cada infiltración con vitaminas, las que prepara desde las 4.00 de la mañana en su hogar, para llegar listo y que la espera sea corta.

La agilidad de sus manos para aplicar el medicamento, es algo que llama la atención, pues a los que temen a las agujas no les da tiempo ni a quejarse; su fila de pacientes es la más larga del Servicio médico, pero en media hora ya todos estamos fuera. Además, si faltas te regaña como a un escolar y no sé de qué manera, sabe quién faltó cada jornada. Su mente prodigiosa lo acompaña, pues nunca lo veo escribir asistencia ni tratamientos.

Trayectoria en la medicina

Su historia con la medicina comenzó en 1993, cuando aún era un joven graduado con la inquietud de entender el cuerpo humano, en todas las dimensiones.

Desde entonces, el deporte fue su pasión y su campo de batalla. No ha sido un médico de consultorio cerrado: ha cruzado fronteras y ha llevado su sabiduría a México, Brasil, Venezuela y La India, acumulando experiencias que pocos especialistas cubanos han tenido la oportunidad.

Su última travesía, y quizás la más larga, fue doce años en la India. Una década y dos años en tierras asiáticas, atendiendo a deportistas de alto rendimiento, aprendiendo de otras culturas, otras técnicas, otras formas de entender el dolor y la rehabilitación. Allí perfeccionó un enfoque que hoy aplica en cada paciente: la medicina no es solo ciencia, es también escucha, paciencia y, sobre todo, humanidad.

Hoy, el doctor Olmo desde su Camagüey disfruta de su consultorio, que no está en un lugar cualquiera: trabaja en el estadio, ese templo del deporte donde los atletas sueñan con récords y las aficiones vibran con cada jugada. Allí, entre gradas y camerinos, se ha convertido en el especialista más buscado. No solo por los deportistas profesionales, que acuden a él confiando en sus manos y piernas para volver al terreno, sino también por el vecino común, el obrero, la ama de casa, el jubilado.

El doctor Olmo tiene una regla no escrita: su puerta está abierta para todo el que llegue. No pregunta si eres atleta o no. No revisa credenciales. Atiende al que toca, sin distinción, con ese carisma que lo distingue y con la misma entrega, el mismo cariño, la misma minuciosidad con que trata a un medallista olímpico.

La mirada de la cronista

Quienes hemos pasado por su consulta coincidimos en algo: el doctor Olmo no solo da un tratamiento, da confianza; sabe escuchar, explicar, transmitir la certeza de que la recuperación es posible, aunque el diagnóstico sea difícil. Sus pacientes no son expedientes; son personas con nombres, historias, miedos y esperanzas. Y él, con su voz pausada, su sonrisa permanente y su mirada atenta, los acompaña en el proceso.

Es un hombre alegre, de esos que iluminan la sala de espera con solo entrar. Desde que parquea a toda velocidad su motorina en la entrada, la enorme cantidad de pacientes lo seguimos y, aunque su trato sea cálido, insiste en la disciplina del tratamiento. Sabe que la recuperación no es un milagro, sino un camino de constancia, y no permite que nadie abandone el reto.

La despedida

Ha terminado mi rehabilitación, ya deseo regresar a mis crónicas y aventuras periodísticas, que durante 2 meses han estado en pausa por una lumbalgia persistente. Por eso, a modo de despedida y agradecimiento le hago algunas preguntas; me puso resistencia porque “él no es un hombre de medios sino de Ciencia” asegura. Pero siempre logré hacerle algunas preguntas para esta crónica que he disfrutado mucho escribiendo.

—Yo creo que esto nació conmigo —dice cuando le pregunto por su vocación—. Pero se reforzó en la India. Allí aprendí que la medicina no tiene fronteras y que el cuerpo y la salud hablan un idioma universal.

No es raro verlo en el estadio antes del amanecer, corriendo la pista o quedarse hasta tarde, cuando un deportista necesita atención urgente. Su jornada no tiene horario fijo: la marca la necesidad del que llega. Su experiencia internacional le ha dado prestigio, pero él sigue siendo el mismo médico de pueblo, el que no pone barreras, el que cree que la salud es un derecho y no un privilegio.

Últimas impresiones

El doctor Olmo es, desde mi modesto juicio,  un médico que coquetea con los saberes de antes, pero con la ciencia de los de ahora. De esos que curan con las manos y con el corazón. Después de treinta años de carrera y cuatro países recorridos eligió su Camagüey para quedarse.

Allí  en el estadio, entre masajes, ejercicios y su neuro-terapias, sigue demostrando que la verdadera medicina no entiende de fronteras, ni de jerarquías. Solo entiende de esa relación hermosa entre médico y pacientes, para los que su puerta siempre está y estará abierta.

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