En las tardes de Camagüey, cuando el sol empieza a caer detrás de los tejados rojizos y el calor se recoge en los portales, hay un resplandor nuevo que no pertenece a la ciudad antigua. No viene de los vitrales coloniales ni de los faroles que despiertan en las plazas.
Es una luz azul, fría, que se posa sobre los rostros jóvenes como un velo moderno. Una luz que no existía en la memoria de nuestros abuelos, pero que hoy late en cada esquina: la de los teléfonos.
Imagen ya habitual
En los bancos que bordean La Plaza de los Trabajadores, tres adolescentes se sientan pegados unos a otros, no para conversar, sino para compartir pantalla.
La ciudad vibra a su alrededor —el pregón del maní, el repique de una bicicleta, el murmullo de turistas—, la tarde se va apagando, pero ellos están en otro territorio: uno sin adoquines, sin sombras de iglesias, sin olor a café. Un territorio donde la intimidad se mide en “emojis” y la confianza se prueba con fotos que no deberían salir del cuerpo.
El problema
“Esa no es ella”, dice uno, ampliando una imagen que circula en un grupo de Telegram. “Eso es un montaje”. Lo dice con la naturalidad de quien ya ha visto demasiados. La palabra montaje se ha vuelto parte del vocabulario cotidiano, como si la manipulación digital fuera tan común como el pan del día. Sin embargo, detrás de esa frase ligera, hay un temblor que no se dice: el miedo a que mañana sea su rostro el que aparezca en una foto que nunca posó.
Camagüey, con su trazado laberíntico y su historia de silencios, siempre ha sido una ciudad de intimidades resguardadas. Pero ahora, en los patios donde antes se contaban secretos al oído, los adolescentes hablan de otra clase de peligro: el mensaje que llega a medianoche, la presión de un “mándame algo”, la amenaza velada de “si no lo haces, me voy”. La violencia ya no necesita callejón oscuro; sobra con una notificación.
La mirada profesional
En una escuela de la Avenida de los Mártires, la psicopedagoga escucha a una muchacha de 12 años que, baja la mirada mientras aprieta el borde de su pulóver. “Me dijo que si no le mandaba la foto, iba a poner otra cosa de mí”, confiesa. La niña no llora, pero su voz tiene la grieta de quien ha sido empujada a un territorio que no entiende del todo.
La psicopedagoga respira hondo. Sabe que no es un caso aislado. Sabe que la luz azul también puede herir.
Otro de los casos
En el barrio de La Vigía, un muchacho con discapacidad físico-motora cuenta que a veces recibe mensajes “raros” de desconocidos. No sabe cómo bloquearlos. No sabe si debe contarlo. En su casa, su madre piensa que él se está “entretenido con el teléfono”, sin imaginar que la pantalla puede ser también un filo.
La periodista que escribe esta crónica —quizás tú, quizás yo— camina por las calles estrechas y siente que la ciudad está cambiando. Que la herencia cultural ya no es solo la arquitectura, las leyendas o los oficios antiguos. También lo es esta nueva forma de habitar el mundo: la sexualidad digital, con sus riesgos, sus silencios y sus aprendizajes. Un patrimonio en construcción, frágil y urgente, pero sobre todo…muy peligroso.
Porque en cada adolescente que mira su pantalla hay una historia que merece ser contada con cuidado. Una historia que mezcla deseo, curiosidad, miedo, presión, búsqueda de identidad y esa necesidad tan peligrosa como lo es: querer encajar en algún ecosistema. Una historia que no cabe en un titular, pero sí en una crónica que intenta comprenderlos sin juzgarlos.
Siguen en el espacio digital
La luz azul cobra fuerza cuando cae la noche. Ilumina rostros jóvenes que navegan entre lo que quieren mostrar y lo que necesitan proteger. Y mientras la ciudad duerme, ellos siguen ahí, aprendiendo a decir “no”, a pedir ayuda, a cuidarse en un mundo que no siempre es dulce ni divertido.
Quizás algún día, cuando hablemos del patrimonio de esta época, recordemos también estas habilidades digitales muy apreciadas en los jóvenes y de la batalla silenciosa: la de enseñar a nuestros adolescentes que su cuerpo —incluso en la pantalla— sigue siendo suyo y que cada persona tiene derecho a elegir lo que socializa desde sus redes, sin dejar de ser feliz.


