El bachiller Ignacio Agramonte Loynaz provenía del sector intelectual terrateniente y así pasó a ser el secretario de la asamblea de Guáimaro en abril del año 1869. Cónclave en que proyectaría su pensamiento (democrático-radical-liberal) para impulsar la creación del Estado Nacional Cubano. Pero ante la urgencia de la lucha liberadora y porrespaldo al presidente Céspedes, solicitaría dejar su escaño cameral para asumir el mando militar del Camagüey.
El Mayor después del 10 de abril.
No hubiese marchado igual el proceso liberador en el Camagüey sin estar al frente en la jefatura militar Ignacio Agramonte en la guerra de los Diez Años. No tenía él instrucción de academia militar, pero su voluntad de hierro, la disciplina, la ética, el corajudo arrojo desmedido, la voluntad inquebrantable, por tal de formar el mejor ejército en campaña, hicieron que imprimiera fuerza y moral combativa suficiente para derrotar a España.
Tempranamente en carta a su esposa Amalia Simoni, fechada el 9 de junio de 1869, revelaba el licenciado en Derecho: “estoy formando un escuadrón de caballería que dejará atrás a la caballería española”. ¿Por qué estaba tan seguro Agramonte de lograr ese propósito? ¿De dónde habría aprendido él que la caballería podía poner en crisis al ejército colonialista en la gran llanura del Camagüey? ¿De dónde sacar tantos caballos y tantos hombres rudos en la monta y diestros en el combate? ¿Era más fácil esa tarea de preparar el arma de caballería que diseñar leyes y decretos para la naciente República en Armas? ¿Sacaba a piel Agramonte la herencia de sus antepasados guerreros del antiguo reino de Navarra en la España medieval?
Cuántas suposiciones, cuántos pensamientos democráticos o tácticos, se elaboraron en su cerebro en el período inicial de la lucha armada. Primero los encontronazos con los vacilantes y traidores, como con Napoleón Arango Agüero, en Las Clavellinas el 18 de noviembre de 1868 y en la siguiente cita en el Paradero de las Minas, el 26 de noviembre; pasando por el bautismo de fuego en el puente de Tomás Pío, dos días después. La presencia suya en el Comité Revolucionario del Camagüey, la Asamblea de Representantes del Centro, desde la que promovió revolucionarios e importantes decretos en Sibanicú Libre, como el de la abolición total de la esclavitud de febrero de 1869 con antelación a Guáimaro, en abril de ese propio año.
La forja del ejército del Camagüey en la Academia que él mismo improvisara en cada campamento; la cartilla de alfabetización, la férrea disciplina en el campamento, las más de cien acciones combativas exitosas…hacen notable la transfiguración de un intelectual en militar improvisado, debido a las condiciones impuestas por la guerra.
Ignacio Agramonte reunía todas las “excelencias del alma cubana” de la coyuntura insular del XIX, como expresara un allegado de la familia. Se afirma que los intelectuales capitaneados por Agramonte en la asamblea de Guáimaro defendieron los postulados más radicales en ese cónclave y eso, precisamente, influyó en las mentalidades del resto de los delegados y en las posteriores posturas de sus compañeros en la guerra; pasando por alto sus primigenios intereses de clase burguesa por los mayoritarios de la nación en forja. Es sabido que la asamblea el Camagüey exhibió un bloque firme, democrático, coherente, radical, unido; caracteres que pasarían al escenario bélico para acompañar al jefe camagüeyano, que se opondría a la concepción “militarista” o “dictatorial” de la máxima jefatura del Ejército Libertador, que desempeñaría su coterráneo, el general de México Manuel de Quesada Loynaz. Cuya postura entraría en contradicción con latendencia “civilista” o demo liberal-radical de Agramonte y compañeros habaneros.
Cabe recordar que de su lado como secretario de la asamblea de Guáimaro tuvo él al habanero Antonio Zambrana y, por su parte, este reunía votos de sus ex compañeros de la universidad de La Habana, como lo tenía por igual el camagüeyano. Corrientes mal calibradas ante el análisis historiográfico contemporáneo.
La verdad es que Agramonte hizo lo posible y lo imposible por llevar adelante radicalmente el proceso nacional-liberador, por eso pediría al recién electo presidente hacer dejación de la secretaría de la asamblea constituyente y pasar a asumir el mando del Camagüey. Fue un paso inteligente y audaz. Merecería tratarse más hondamente ese asunto por la historiografía regional-nacional.
Hay que subrayarlo, El Mayor se ganó ese apelativo por pasar de intelectual a jefe corajudo. De las leyes y los decretos al machete y a los fusiles. Su esposa fuera de Cuba temía de su muerte prematura y lo alertaba. Pero ya a él no lo paraba nada ni nadie, Cuba Libre o nada. Esa fue la pasión guerrera que lo llevaría a desplazar el amor por su idolatrada.
El rescate del brigadier amigo pudo haberle costado la vida, pero ante esa posibilidad no se detuvo a pensar un minuto el “intelectual” transfigurado en “militar”. La vuelta al mando al Departamento Militar del Camagüey en coyuntura compleja de la guerra en su región solicitada por el presidente, en esa vuelta debió advertir Agramonte la confianza puesta en él por la máxima autoridad,el aprecio a sus méritos y ante el crecido prestigio de su jefatura.
El intelectual demócrata y liberal-radical defensor del Estado Nacional que ya había vencido yerros personales y estrechado amistad y lealtad con el presidente Céspedes,que encarnaba al guerrero vencedor; calculó imprudentemente que la muerte se pondría a sus pies derrotada. Fatídico cálculo.



