Por: Enrique Atienzar Rivero
Desde la llegada de Fidel al Instituto Politécnico de la Salud Dr. Octavio de la Concepción de la Pedraja, el joven psicólogo Gilberto Jardines García, estrenado como director de la institución no perdió ni pie ni pisada al Líder Histórico de la Revolución.
El día anterior fue que tuvo cierta referencia de que inauguraría el plantel y la obra en su conjunto. Iniciaría con el acto el curso escolar en todo el país, aquel 4 de septiembre de 1978. El centro se integraría al complejo de instituciones de la salud, a la vera de los hospitales Manuel Ascunce, oncológico María Curie y la maternidad obrera Ana Betancourt.
Jardines, a cuarenta y ocho años del hecho y próximo a cumplir 75 de edad, recordó que en la entrada principal lo esperó y al llegar le dijo: “¿Comandante, qué lugares le interesaría visitar? A lo que respondió: “¿No eres mi guía? Emprendamos el recorrido”
La visita comprendió los laboratorios y demás instalaciones, la revisión de la base material de estudio del que fuera el primer politécnico de su tipo en Cuba, diseño concebido por la arquitecta camagüeyana Caridad Amador Caballero y replicado en el resto de las provincias cubanas.
Fidel era una persona que hacía muchas preguntas y trajo al presente porque los microscopios no eran los adecuados. Razonó que se podían haber adquiridos en otro país, no en el que se compró.
Frente al área dedicada a las dietas preguntó si los cubiertos eran de adorno y Jardines respondió que allí se traían a los alumnos para que comieran. Mirando fijo al director dijo: “Tú eres muy inteligente”. Claro, contesté todo lo que me preguntó.
“Había que ver a Fidel con que energía caminaba, la intención de conocer, sabía de todo y con una inteligencia suprema y el interés de ayudar”.
El testimoniante sostuvo que el pueblo lo quería y era capaz de persuadirlo, como sucedió cuando algunos escépticos plantearon que las primeras elecciones serían un fracaso, argumento con suficientes elementos del porqué había que acudir a las urnas. Al final, lo vimos en Camagüey, acudieron al sufragio y votaron el 98,7 de los camagüeyanos.
Era un hombre con una honestidad tremenda, era autocrítico, y trajo al presente la explicación que dio cuando en Cuba no se llegó a los diez millones de toneladas de azúcar en la Zafra del Setenta.
En su discurso, dijo Fidel aquel día: “A decir verdad, esta instalación ha quedado, nos parece, muy bien. Hemos tenido la oportunidad de visitar los laboratorios, la base material de estudio, y es realmente excelente”.
“El proyecto parece funcional, la terminación se ve bien hecha, y creo que podemos sentirnos satisfechos de empezar a contar con instituciones como esta. Y nos llena de alegría pensar que cada provincia tendrá la suya, y que algunas tendrán varias”.
“El equipo que lleva una de estas escuelas, el equipamiento como base material de estudio, cuesta alrededor de 300 000 dólares, de modo que no piensen que es una cosa muy barata”.
“Y hay que hacer gastos y hay que hacer esfuerzos. Por lo tanto, se requiere de ustedes un buen mantenimiento y el mayor cuidado con esos equipos. En algunos casos, como el de los microscopios, los que tiene son prestados, puesto que los que corresponden a la escuela todavía no han arribado al país. Pero en general se cuenta con un material de óptima calidad”.
La entonces subdirectora del plantel, María Cristina (Piquitina) Nápoles López, hoy jubilada, recuerda la llegada de Fidel.
Ella recibió la misión de permanecer en el laboratorio multidisciplinario: “Lo esperé en la puerta central; él saludó, me dio un beso, se colocó frente a la primera mesa de trabajo del laboratorio e inició una conversación con la arquitecta que diseñó la inversión”.
La entrevistada relató que a Fidel le llamó la atención que los microscopios que estaban allí no eran los que debían utilizarse por los estudiantes y explicó, con ese conocimiento que siempre tuvo, que se trataba de un equipo de platina fija, de Pasteur, no el que exigía la especialidad y cuya adquisición se había solicitado.
En otro momento del recorrido por el amplio salón, el Comandante en Jefe se percató de que no había hablado con ella, regresó hasta donde estaba Piquitina y le puso la mano en el hombro.
“Me preguntó ‘¿Tú que estudiaste?’, le respondí que Laboratorio Clínico, me dio palmaditas en el hombro y continuó su camino. Eso fue algo maravilloso, me quedé impresionada; temblé y lloré de emoción”.
No sería la primera, ni la única vez que vio de cerca a Fidel. Lo hizo también cuando niña en el poblado de Minas, su pueblo natal, y durante la visita que realizara al Instituto Superior de Ciencias Médicas Carlos J. Finlay (hoy Universidad de Ciencias Médicas) para compartir con los estudiantes y profesores.
La intención fue abrir el curso 1978-79 con un centro de este humanitario sector, contexto en el que se resaltara la importancia de la formación de los médicos y técnicos de la salud que, además de atender a nuestro pueblo, tiende sus manos solidarias a otras naciones del mundo.
De esta historia quedan muchos pasajes por contar y lo reserva en su memoria Jardines, quien estuvo poco tiempo en el politécnico y después ejerció la especialidad de Psicología en la policlínica José Martí hasta su jubilación, aunque volvió a reincorporarse para seguir ofreciendo servicio al pueblo.




