La mezcla de las patrias regionales
Bayamo y Puerto Príncipe gozaban de históricas relaciones comerciales y de uniones de apellidos. Sus hombres habían practicado comercio libre con ingleses, franceses, portugueses y holandeses desde los dos primeros siglos coloniales. Ambas regiones disfrutaron de un sólido y próspero comercio de casabí, cueros y carnes; convirtiéndose en verdaderos emporios económicos y centros dominantes insulares en esa lucrativa actividad. De ahí, que se mezclaran sus familias y sus apellidos, para favorecer la estructuración de sus cabildos, en las dos villas fundacionales insulares. Entre otros muchos apellidos conocidos figuraron los Aguilar, Agüero, Aguilera, Alvarado, Argote, Cabrera, Calona, Castañeda, Céspedes, Cisneros, Tamayo, Téllez, Duque de Estrada, Ferral, Figueredo, Fonseca, Guevara, Lagos, Montero, Pavón, Pérez-Najarro, Ponce de León, Quesada, Zayas-Bazán y Zequeira.
Siglos después, el bayamés Fernando Figueredo y Téllez y la principeña Tomasa Socarrás y Varona, fueron los padres del patriota Fernando María Figueredo y Socarrás, que llegada la hora se dispuso a servir a la causa de la independencia en la Guerra de los Diez Años; y al término de esa contienda y a la convocatoria de José Martí, dio disposición para sumarse a la Guerra de Independencia de 1895.
Nacido el 9 de febrero del año de 1846, en la casa colonial de portal colgadizo, sostenido por pies derechos de ácana, que tenía su frente mirando a la Parroquia de la Caridad y a la plaza del mismo nombre; haciendo esquina y costado a la calle del Coronel Bringas. Fernando María Figueredo y Socarrás, de Puerto Príncipe pasó a los Estados Unidos a realizar estudios de Ingeniería, que no acabó porque en el seno del Club Revolucionario Cubano, tan pronto supo por voz de Manuel y Rafael de Quesada, Luis Eduardo del Cristo, los hermanos Carlos y Enrique Loynaz, Juan Nepomuceno Boza, entre otros revolucionarios cubanos, -de modo particular por el llamado que le hiciera desde Bayamo su padre para sumarse a la lucha en Cuba-; Fernando retornó a su patria natal para sumarse a la lucha.
Con Carlos Manuel de Céspedes
Por mostrar entereza, disposición y jurar lealtad a la dirección revolucionaria, Céspedes lo designó su secretario personal, al tiempo de responsabilizarlo con otras misiones, llegando a integrar la oficialidad del Estado Mayor de la revolución: Jefe de ayudantes del Presidente y su Secretario, y Jefe de Despacho. Ganados los méritos en combate directo contra los españoles, Céspedes le atribuyó el mando del Estado Mayor de una división de infantería y de un Cuerpo de Ejército del Oriente; y más tarde la de secretario del Consejo de Gobierno, su canciller y diputado por la región oriental a la Asamblea Constituyente. Fue representante a la Cámara, en 1876.
Con amargor y negado a descabalgar, el Coronel Figueredo vio llegar el momento de la firma del Pacto del Zanjón, en 1878. Desoído el llamado a sediciones, a indisciplinas y a la quiebra de la revolución, su voluntad de resistencia inquebrantable lo condujo a formar la comitiva que acompañó al Mayor General Antonio Maceo en la histórica entrevista, efectuada en Mangos de Baraguá entre el general oriental y el jefe español Arsenio Martínez Campos, el 15 febrero de 1878. Figueredo también sostuvo el mismo principio de independencia y de continuidad de la lucha de Maceo, la misma intransigencia frente a la claudicación.
No obstante, apagadas las armas, viajó a la República Dominicana al seno de la emigración patriótica cubana, a seguir conspirando por ver a Cuba Libre; de ahí sale para cayo Hueso, en compañía de su familia. Fue precisamente en este sitio, en su casa pintada en blanco y con palmeras en el portal, donde ganó realce político por su perseverancia patriótica y por sus conferencias de encendido amor por la Isla antillana.
Conferencias que encendieron las almas patriotas y le valieron para componer el texto de acucioso examen testimonial La revolución de Yara, que le elogiara José Martí, después de limar viejos resentimientos. La obra no podía ser más oportuna. Martí lo respetó y le profesó sincera amistad. Figueredo también a él; y por él dejó su empleo de “inspector de aduanas”, y de “tenedor de libros”, para seguir su prédica y pretender entrar a la revolución. En Cayo Hueso, Figueredo, Serafín Sánchez, Teodoro Pérez, Gonzalo de Quesada; entre otros revolucionarios, removieron obstáculos y unieron brazos para crear el Partido Revolucionario Cubano. En el Cayo, su labor fue insustituible. Y allá quedó por decisión del Delegado Martí y por la dirección del mambisado. Pero allá asumió como Delegado del Partido Revolucionario Cubano en La Florida.
Al término de la guerra, regresó a la patria y desempeñó varias responsabilidades en el Gobierno, entre ellas, la de Presidente de la Academia de la Historia de Cuba. Finalmente, el secretario leal al Padre de la Patria, testigo de la Protesta de Baraguá o de Antonio Maceo en viril respuesta ante la pretensión de claudicación, lanzada por el desdeñoso adversario; falleció en la capital cubana, el 13 de abril de 1929. Murió con dignidad por haber servido a la patria.


