Crónica a El Miguel Ángel de Camagüey

Foto: Cortesía de la autora y José A. Cortiñas Friman
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Para lograr esta Crónica de un artista catalán que esculpió la fe en la Ciudad de los Tinajones, caminé varios días detrás de sus obras, tan habituales en las iglesias que muchos han olvidado las dotes de su autor y hasta su nombre.

Hoy les propongo descubrir a un hijo adoptivo, que pintó la fe con finos colores y moderno trazado: Juan Albaijés Ciurana.

La obra del Albaijés

Hay ciudades que crecieron sobre piedras, y otras que se pintan con luz. Camagüey, la antigua Villa de Santa María del Puerto del Príncipe, es de esas donde el arte se hizo carne sobre elyeso policromado, en murales que desafían al tiempo y en un Cristo que vigila desde lo más alto.

En esa tradición, pocos nombres merecen ser pronunciados con la reverencia que se le guarda a un maestro, pero la historiografía ha sido escueta con uno que, sin embargo, dejó su impronta en tres templos del Centro Histórico: Juan Albaijés.

Si Miguel Ángel Buonarroti tuvo en Roma su Capilla Sixtina, Albaijés halló en Camagüey su propia bóveda celestial. No en el Vaticano, sino bajo los arcos de las Iglesiasde La Soledad y de La Merced, donde en 1908, tras el incendio que devoró el templo de la segunda, este catalán llegado en 1895 comenzó a escribir con pinceles una página singular del arte religioso en Cuba.

Allí, sobre la yesería recién restaurada, Albaijés no se limitó a copiar catecismos: introdujo espirales del Art Nouveau que entonces apenas despuntaba en La Habana, haciendo dialogar la tradición barroca con las líneas curvas de una modernidad que él, formado en el dibujo y la escultura, supo dominar con mano diestra y firme.

Como el genio renacentista que esculpió La Piedad con veintitrés años, Albaijés trajo en su juventud el oficio de los talleres catalanes y lo fundió con la sensibilidad camagüeyana. Pero donde Miguel Ángel trabajó para los papas, este artista de padres catalanes, se entregó a las parroquias de la ciudad que lo adoptó.

De su taller también salieron las imágenes que hoy coronan columnas y arcos en la Iglesia de La Soledad, templo que también serviría de última morada a unos de sus hijos devenido sacerdote, no el propio artista como algunos pensaron.

Su obra en las alturas

En 1937, cuando Camagüey quiso elevar su fe hasta el cielo, fue Albaijés quien talló la imponente escultura de Cristo Rey que hoy se alza sobre el campanario de la Catedral, mirando la ciudad desde las alturas con la misma solemnidad con que el David florentino contemplaba su plaza.

La imagen de su Cristo Rey, obsequiada por el fotógrafo José A. Cortiña Friman, de la OHCC, hoy me acompaña en cada creación periodística, junto a mi escritorio.

El  símil no se agota en lo sacro. Miguel Ángel fue también pintor, y Albaijés dejó en el lienzo Retrato de joven (1919), obra que algunos identifican como una Santa Cecilia y que permaneció en el conservatorio de Félix Rafols, antes de pasar al Museo Provincial Ignacio Agramonte.

Allí convive con su otro gran testimonio pictórico: el Lienzo de Carlos J. Finlay (1948), homenaje póstumo al sabio que descubrió el agente de la fiebre amarilla, prueba de que su compromiso artístico trascendía lo eclesiástico y abrazaba los símbolos mayores de esta tierra.

Llegó para quedarse

Su historia personal tiene también algo de leyenda. Llegado en 1895, en vísperas de la guerra necesaria, Albaijés no vino a hacer fortuna sino a echar raíces.

En 1898 desposó a Angélica Betancourt Castañeda, una principeña con quien tuvo catorce hijos, y su casa —que el  amigo Walter Moronta descubrió su ubicación en calle Pobre casi esquina Ignacio Agramonte— se convirtió en semillero de descendientes que aún hoy, en manos de un bisnieto al que no logré contactar, conservan la memoria del abuelo que pintaba bóvedas y frescos, mientras tallaba al Cristo.

Al partir a la eternidad

El Miguel Ángel catalán-camagüeyano, murió el 8 de abril de 1949, rodeado de aquella familia numerosa que fue su otra obra, y sus restos reposan en el Cementerio General de Camagüey.

Que su nombre no figure con frecuencia en los manuales de arte cubano, es una de esas injusticias que mi crónica intenta reparar, con la ayuda del colega y amigo Walter, quien me invitó a realizar este recorrido en el tiempo. Porque basta caminar por Camagüey, asomarse a sus templos y levantar la vista, para encontrar la huella de este catalán que, como el florentino, supo convertir la piedra, la madera y el color en oración.

Si Miguel Ángel firmó la Capilla Sixtina con el dedo de Dios, Albaijés dejó su firma en cada bóveda que restauró, en cada imagen que rescató del fuego o del olvido. Por tanto al mirar a lo alto de la otrora Plaza Mayor y ver el Cristo Rey, que  sigue alumbrando desde la torre de la Catedral y los murales de La Merced y de La Soledad que resisten los embates del tiempo y el clima del trópico, nos atreveríamos a presumir queCamagüey tuvo, en la primera mitad del siglo XX, su propio Miguel Ángel.

Uno más humilde, sí, puedo decir, pero igualmente devoto de su oficio y de su fe. Un artista que no esculpió para la posteridad, sino para la gente que lo acogió, y que por eso mismo merece que la ciudad lo recuerde. Allí, entre ángeles y santos, sigue vivo el trazo de Juan Albaijés Ciurana, el Miguel Ángel de Camagüey

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