En estos días, al conocer la noticia de las funciones que ofrece el Circo Areíto de Camagüey con su carpa nueva emplazada en áreas del Casino Campestre, no pude esconder mi alegría y al momento los recuerdos de mi infancia se agolparon con la magia de esa tradición que aún goza del agrado de chicos y familias enteras.
Mis recuerdos viajaron a la Plaza Joaquín de Agüero, donde por temporadas la carpa de Areíto abría sus alas y acogía, en dos funciones, a cientos de espectadores de cualquier edad.
El tercer sábado de abril el mundo entero celebra el Día Mundial del Circo, una jornada instituida por la Federación Mundial del Circo para honrar una de las manifestaciones artísticas más antiguas y entrañables de la humanidad. Por eso creo justo abrir este álbum de hermosas vivencias para aplaudir a los que nos hacen sonreír.
Recuerdos
Por aquellos días alegres, en que los niños del barrio éramos llevados por nuestros padres, tíos o vecinos a disfrutar del circo, en cualquier festividad del CDR un señor elegante, vestido de traje oscuro y voz grave, daba la bienvenida al estilo circense: ¡Buenas noches, señoras y señores!
Luego, al ser amiga de sus nietos, conocí que Soto, como llamaban al singular presentador, había sido el maestro de ceremonia del Circo La Rosa, un antecedente de esa magia que tiene raíces en el siglo XVIII. Esta fecha adquiere un significado muy especial: es el día mundial para recordar que, más allá de las luces y las piruetas, el circo es, ante todo, una historia de familias, de sacrificio y de memoria viva.
Pocos lugares reflejan mejor esa herencia que la provincia de Camagüey, donde los ecos de una vieja carpa llamada La Rosa aún resuenan en cada función del actual Circo Areíto.
El circo La Rosa: semilla del arte camagüeyano
Corrían los años 40 del pasado siglo cuando en Camagüey, muy cerca del barrio La Vigía, un ilusionista visionario comenzó a tejer lo que se convertiría en una de las dinastías circenses más queridas de la isla. Ramón Ferrer, conocido artísticamente como Ramón de la Rosa, fue el fundador del circo La Rosa, un modesto pero talentoso espectáculo familiar que recorrió toda la geografía cubana y llegó, incluso, a triunfar en La Habana, en el desaparecido Habana Park —el solar donde hoy se alza el Capitolio Nacional.
El circo La Rosa era, en esencia, una familia sobre la pista. Las hijas de Ramón, Bella y Aída La Rosa, encabezaban el elenco de atracciones.
Bella, una artista versátil que montaba a caballo, dominaba el equilibrio en la cuerda y las argollas, y ejecutaba danzas exóticas sobre una mesa, llegó a dirigir el circo que heredó de su padre. A ella tuve el gusto de conocerla ya mayor; era la esposa de Soto y una costurera amorosa, muy querida por sus vecinos. Con unos ochenta años, aún guardaba la belleza de sus grandes ojos verdes y la distinción con que se presentaba ante el público que la adoró.
Aída, por su parte, fue una destacada trapecista, valerosa en los números de riesgo, que sufrió varios accidentes, pero siempre se sobrepuso con una disciplina férrea. Juntas, las hermanas La Rosa realizaban un acto de danza envuelto en serpientes que, con humor y astucia criolla, no eran más que majases de Santa María decorados por ellas mismas (según confesaron años después).
El espectáculo de La Rosa era un crisol de talento popular: acrobacia argentina, la famosa «cuerda floja», un mago, exhibiciones de perritos amaestrados, ilusionistas ataviados a la usanza babilónica, y hasta un sainete de negrito, gallego y rumbera, que tomaba del teatro bufo la gracia humorística. Todo ello acompañado por una pequeña orquesta que ponía ritmo y emoción a cada función.
Ramón de la Rosa no solo creó un circo: sembró una escuela.
En su carpa comenzaron las primeras enseñanzas de artistas que luego serían maestros, como el payaso de origen chileno Confite. Y sobre todo, legó a su familia los secretos del oficio circense, una tradición que, aunque parecía desvanecerse con el paso del tiempo, encontró un nuevo hogar décadas después.
El legado: de La Rosa al Areíto
El 17 de septiembre de 1976, en los terrenos de la antigua Planta Eléctrica de Camagüey, en la calle Palma, entre Ignacio Agramonte y el Callejón de Hicacos, se erigió una carpa de cuatro palos que cambiaría la historia circense de la provincia.
Con la ayuda de Félix Pérez Sarduy, «El Caballero de la Onda Aérea», y un grupo de artistas formados sin escuela —herederos de aquellos viejos circos particulares— nació el Circo Areíto.
El nombre «Areíto» no fue casual. Surgió en 1987, durante la dirección de Humberto Ramos, como el título de un espectáculo que buscaba integrar la identidad indígena en la cultura cubana.
La fuerza comunicadora del término hizo que el público y los medios adoptaran el nombre, creando una nueva forma de designar y publicitar al circo camagüeyano. Pero más allá del nombre, el verdadero espíritu del Areíto bebe directamente de la fuente de La Rosa. La tradición de circo familiar, de enseñar el oficio de generación en generación, de combinar el riesgo con la gracia popular y la música cubana, es el hilo invisible que conecta ambas empresas.
Hoy, el Circo Areíto sigue siendo un ejemplo de resistencia creativa. A pesar de las carencias materiales y la falta de una escuela propia —la única de Cuba está en La Habana—, sus artistas mantienen viva la llama del circo, con funciones que incluyen magia, acrobacia, equilibrismo, clown y el tan nuestro floreo de látigo.
Esta semana, abierto para su público más exigente, los niños, el Circo Areíto celebra con sus mejores galas y en su nueva carpa acomoda a todos. No importa si hace calor; se aprietan y abren espacio para que nadie quede fuera de la magia.
El circo como patrimonio vivo
En este Día Mundial del Circo, alzar la mirada hacia la carpa del Areíto es también mirar hacia atrás, hacia aquellos días en que los niños del barrio La Vigía corrían a ver cómo se armaba la carpa de La Rosa en la Plaza de Méndez, y luego la del propio Areíto, su continuidad.

Aplaudirlos es recordar que el circo en Cuba no es un espectáculo importado, sino una tradición profundamente popular, criolla, que ha sabido reinventarse una y otra vez.
La Rosa se marchitó hace décadas, pero sus pétalos —el amor por el riesgo, la disciplina, el humor y la música— florecen en Areíto y en todos los que, al ver ondear la carpa, corremos a disfrutar de su alegre y hermosa propuesta. Para los de antes y para los actuales: les regalamos esta ovación.



