SEs el día del amor y la amistad, pensando en una manera original de escribir sobre este sentimiento profundo y vital, tan necesario siempre y más en tiempos difíciles; en un recorrido por la Plaza de los Trabajadores mi vista se detuvo en la estatua a Guillén, entonces me inspiró a buscar en su poesia romántica, en esa menos divulgada y aquí les traigo mi regalo para la ocasión.
Al decir de los estudiosos de su obra
Para buscar los amores de Guillén en Camagüey, hay que abandonar la idea del amor romántico, etéreo. El amor aquí, como la ciudad, es terrenal, concreto, con olor a tierra mojada después del aguacero y sabor a melado. Se puede empezar en la Plaza del Carmen, ante las esculturas de las chismosas tomando café. Hay en ellas una quietud cotidiana que Guillén supo elevar.
Su amor no es solo por la mujer, sino por lo que ella representa: el eje del hogar, la reserva de dignidad. En “La canción del bongo”, hay un grito que podría salir de cualquier patio camagüeyano: “¡Ésta es la canción del bongó! / -En este sitio, / he de cantar, / y he de gemir, / y he de reír, / y he de bailar! (…) Mujer, si tú supieras…”. El deseo y la queja se funden con el ritmo. Es un amor que se expresa en la acción, en el baile, en el gemido que es a la vez personal y colectivo.
De esos amores secretos
Caminando hacia la Iglesia de la Soledad, se pasa por casas altas con ventanas enrejadas. Detrás de ellas, quizás, esté la mujer de “Balada del Güije”. Aquí el amor se mitifica, se vuelve leyenda local. El Güije, ese duende de los ríos cubanos, “vino una noche a mi ventana, / con un lunar en la mejilla…”.
El poema es una seducción misteriosa, un amor que llega desde lo profundo de la tradición y la naturaleza, tan presente en los ríos Hatibonico y Tinima que ciñen a la ciudad.
Es el amor como fuerza elemental, tan caprichosa y real, como el espíritu de estas llanuras.
Amor y son
El verdadero santuario del amor guilleneano en Camagüey, sin embargo, no está en una plaza, sino en el son. Y para encontrarlo, hay que adentrarse en el corazón musical de la ciudad al caer la noche.
En algún patio, una guitarra susurra un punto guajiro que lentamente se infecta de sincopa. De pronto, emerge la clave. Y entonces, uno lo entiende. El amor de Guillén por la mujer, por su tierra, por su gente, está escrito en la letra misma del son cubano. Sus versos amorosos no son declamados, son cantados.
“No sé por qué piensas tú, / soldado, que te odio yo…”, dice el inicio de la “Elegía a un soldado”. Pero esa canción, inmortalizada por Compay Segundo, es puro son montuno. El despecho, el diálogo, la reconciliación, todo se resuelve en la música. El amor es un intercambio, una controversia que termina en baile.
En la Calle de la Candelaria, imaginamos al joven Nicolás caminando. Quizás llevaba en la cabeza los versos de “Mi patria es dulce por fuera…”, donde el amor se expande hasta ser patria: “Mi patria es dulce por fuera, / y muy dura por dentro. / (…) Mi patria tiene en el pecho / la alegría y el dolor. / (A veces es un hueso duro, / a veces es una flor.)”.
Camagüey es así: dura por fuera, de tierra árida y historia rebelde; pero dulce por dentro, en la calidez de su gente. Amar aquí, como en los versos de Guillén, es amar esa dualidad: la sequía y el aguacero, el silencio del mediodía y el bullicio del parque Agramonte al atardecer, algunas noches silenciosas.
En Camagüey, la poesía amorosa de Nicolás Guillén no es un tema literario. Es la banda sonora de la vida. Es el amor que se declara en el repique de las caderas al bailar, en la sombra que se besa en un callejón y en cada camagueyano que se inspira en sus versos y regala una flor. ¡Feliz día del amor!


