Con tanto tiempo para rememorar, hace poco pasé por el antiguo Cine Social, ubicado en la calle Santa Rosa de La Vigía; y de golpe emergieron momentos gratos de mi adolescencia; relacionados con ese mágico sitio.
El inmueble quedó en silencio por muchos años y luego en el olvido. En 2014 se transformó en Casa de la Música, breve proyecto que no llegó a consolidarse y hace cerca de un año acoge a la Casa de la Cultura Joaquín de Agüero. Ya del cine no quedó nada.
Un símbolo
Por aquellos años hermosos, era un símbolo de haber crecido, el que te autorizaran tus padres a ir solo con tus amigos al cine más cercano, un proyecto que en el Camagüey de los años 80 era muy apreciado; pues en varios repartos de la ciudad había una sala para los amantes del séptimo arte y les aseguro que no eran pocas.
Los estrenos
Ir al cine los sábados era una sana opción para los jóvenes. Las salas de Encanto y Casablanca eran las de los estrenos semanales; mientras las más alejadas del centro del comercio reponían filmes muy gustados o en ocasiones se sumaban a la novedad, para evitar las largas filas en taquilla.
En el Cine Social inició mi gusto por las grandes pantallas, cierro mis ojos, y puedo escuchar el sonido inconfundible del cinematógrafo cuando hacía correr el rollo; por sus curiosos vericuetos de lentes y luces.
La matiné de domingos era una tanda para los más pequeños con dibujos animados, a los que me llevaba mi madre. Ya mayorcita disfruté del romántico y conmovedor filme “la Vida sigue igual” junto a mi amiga Yamilka y de allí salimos tarareando aquellos temas inolvidables del famoso cantante español Julio Iglesias.
Pero otra película para adolescentes que marcó mis recuerdos; y años después la disfruté junto a mi hija con igual efecto en las dos fue “La Niña de los hoyitos” una producción mexicana protagonizada por el cantante Pedrito Fernández, en la que se recrea su amor perdido por un viaje inesperado de la chica de sus sueños.
De regreso
Salgo de mis pensamientos y me veo de nuevo ante aquel mágico lugar, que ya no tiene el mismo encanto; y añoro los años en que el cine era pasión entre los camagüeyanos y había muchos lugares en la ciudad para esa finalidad. Piensos que nadan sustituye el encanto de la gran pantalla, menos los reproductores hogareños.
Me gustaría que los adolescentes de hoy pudieran vivir la experiencia de asistir a un estreno y verse bien cerca del protagonista de un drama como aquel Ferco, el chico que todas amamos luego de ver “La Niña de los hoyitos”.


